[Luis S. Crespo]

El día histórico - 8 de marzo de 1781

Juana Azurduy de Padilla


Juana Azurduy nació en la ciudad de Chuquisaca el 8 de marzo de 1781; y no habiendo conocido a su padre, llevó el apellido de su madre, doña Petrona Azurduy.

Doña Petrona dio a su hija una esmerada y estricta educación religiosa, casi monástica, como sucedía en aquellos tiempos, contrariando su carácter audaz y su espíritu varonil.

A los 16 años de edad fue internada en el monasterio de las Teresas de Chuquisaca; y no habiendo podido avenirse con una vida tenebrosa, que enfermaba su alma y abatía su espíritu, se fugó del convento a los cinco meses de haber sido enclaustrada.

Juana no había nacido para monja; había nacido para los campos de batalla; no había venido al mundo para rezar, había venido para maldecir. Sus manos no se ablandarían con el cilicio y el rosario; se encallecerían con las riendas y con la espada.

En 1802 Juana había conocido en Chuquisaca a Manuel Ascencio Padilla, bizarro joven que tenía 28 años, natural de Moromoro, de la provincia de Chayanta. Padilla estaba destinado a representar un ruidoso papel en el escenario de la guerra de la independencia americana; presintiendo tal vez esto, Juana, que admiraba desde niña a los héroes y guerreros, se unió con él en matrimonio.

Las bodas se celebraron el 8 de marzo de 1805, el mismo en que Juana había cumplido 24 años de edad. De este matrimonio tuvo cinco hijos: Manuel, Mariano, Juliana, Mercedes y Luisa; los cuatro primeros murieron en la infancia; y el último nacido en un campo de batalla, en medio del fragor del combate sobrevivió a la madre.

Declarada la guerra de 15 años, don Manuel Ascencio Padilla tomó parte activa en ella, siendo acompañado por su esposa en todas o en casi todas sus aventuras militares. Si doña Juana tenía amor entrañable al esposo, sentía también otro amor igualmente sagrado: el amor a la libertad de su patria.

Doña Juana Azurduy era de sangre mestiza, en ese grado de cruzamiento en que predomina más bien que la tez indígena el tinte andaluz. Era de gallarda presencia, rostro hermoso, “facciones de perfiles helénicos y ojos expresivos”.

Era la amazona de las guerrillas patriotas que se levantaron en el Alto Perú, después de las derrotas de las primeras expediciones argentinas. Como jinete, causaba la admiración de los centauros gauchos que vinieron con aquellas expediciones. Vestida de varonil uniforme para ingresar a las batallas; pantalón blanco de corte mameluco chaquetilla roja, la cabellera enroscada bajo una gorra militar con airón entre blanco y azul, manejaba diestramente la espada, el sable y el fusil y aun el cañón, como se le había visto más de una vez.

“Varias veces herida, alguna vez prisionera moribunda, terror de las tropas españolas, consuelo de los monteros patriotas, y ante todo y siempre, modelo de virtudes como esposa y madre, la dama chuquisaqueña se destaca adorable en los horizontes de Bolivia y de los fastos de América”.

La primera en atacar y la última en dejar el campo de batalla, audaz temeraria en las refriegas, era piadosa y dulce en los campamentos; distribuía dineros, curaba a los heridos y atendía el rancho la esbelta señora que en felices tiempos fue servida como rica hacendada.

En el corto período de seis años desde 1811 hasta 1817, esta heroica mujer concurrió a 23 combates y batallas campales, fuera de innumerables escaramuzas y acciones de guerra, libradas en los territorios de los actuales departamentos de Sucre, Potosí, Tarija, Cochabamba y el norte argentino.

Después se retiró a las provincias argentinas, donde siguió batallando a órdenes del célebre caudillo Güemes, hasta que volvió a la Patria en 1825.

En recompensa por sus servicios el Gobierno argentino le confirió en 1816 el título efectivo de TENIENTE CORONELA DEL EJÉRCITO. Al remitirle este despacho, el Gral. Manuel Belgrano le dirigió un oficio altamente honroso y le obsequió la espada de su uso para que completase su uniforme militar.

Fuente: EL DIARIO, 8 de marzo de 1928.

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