[Harold Olmos]

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El “plan Cuba” de los medios


Preparar ediciones para el día en que Fidel Castro muriese fue un trabajo desafiante y agotador para los medios. Elaborar obituarios sobre personajes destacados es una rutina en la mayoría de los periódicos, pero otra cosa es cuando se trata de personalidades que han influido de manera directa sobre tantas personas en muchos lugares del mundo y la actualización del material elaborado debe ser constante. Fue el caso de Castro. The New York Times, el diario global más influyente y comentado del mundo, y The Miami Herald, el medio impreso preferencial para los latinos en Miami y otras grandes ciudades, tomaron la misión a conciencia.

Aminda Marqués González, del Herald, redactó la nota sobre algunos rasgos de cómo el periódico se había preparado durante más de dos décadas, y eso obligaba a una atención máxima. El acontecimiento “sería una gran historia para Miami y, por extensión, para el Miami Herald”, escribió. Ante cualquier eventualidad, al menos media docena de editores llevaba consigo una copia impresa del plan (hasta la llegada del Google.Doc) y, si ocurría el desenlace, reporteros y fotógrafos tenían asignadas misiones específicas para cumplir: entrevistas, descripción de reacciones en la calle, comentarios de personalidades, en fin, todo cuanto se podía prever. Las instrucciones eran estrictas para el momento de entrar en acción. Los feriados, fines de semana y vacaciones concedidas a los editores estaban condicionados a un cambio inmediato de órdenes si Castro moría. En ese caso, todo lo demás sería secundario y deberían actuar “de acuerdo con el plan”.

“Siquiera una vez al año -escribió la periodista- los rumores de que Fidel Castro había muerto entraban como a la redacción como un turbión. Sin comunicación con Cuba, los periodistas tenían que recurrir a todas sus fuentes para confirmar o negar la versión. El rumor sería abatido después por cualquier fotografía, discurso o una imagen televisiva. Las falsas alarmas se sucedían una tras otra. Y cada vez revisábamos el plan para ajustar la cobertura, actualizar notas y asignar nuevas tareas”. Al principio, el plan llegó a tener 60 páginas.

The New York Times se había preparado con una meticulosidad equivalente a la magnitud de la noticia. Tenía una nota desde 1959, el año en que Fidel Castro ingresó triunfante a La Habana, y el obituario consumió más horas de trabajo que cualquier otra pieza informativa similar. Los esfuerzos culminaron con una de las notas más extensas del periódico sobre un personaje: más de 8.000 palabras con la firma de Anthony de Palma, un tiempo entre las estrellas activas del periódico y ahora jubilado. Dejó la nota escrita antes de retirarse, en 2008, y en ella se insertaba modificaciones y nuevos encabezamientos.

En 2006, ante uno de los rumores más insistentes sobre la muerte del líder cubano, el obituario estuvo a punto de ser lanzado. Pero el rumor, como tantos otros, era falso y la nota continuó en el congelador. Fidel sobrevivió a todos los rumores, inclusive a los formatos impresos y digitales que guardaron el obituario de los primeros años. Siete años antes de su muerte ya había desaparecido el programa de Mac sobre el que estaba diseñado al comenzar el siglo.

Uno de los párrafos del obituario, donde cada miligramo de las palabras tiene peso específico, decía:

“Castro fue quizá el líder más importante en América Latina desde las guerras de la independencia a comienzos del Siglo 19. Por cierto, fue el escultor más importante de la historia cubana desde que su héroe José Martí luchaba por la independencia cubana a fines del Siglo 19. La revolución de Fidel Castro transformó la sociedad cubana y tuvo un impacto más amplio en la región que cualquier otra insurrección latinoamericana en el Siglo XX, con la posible excepción de la Revolución Mexicana”. Agregaba: “Su legado, en Cuba y más allá, ha sido una combinación de progreso social y pobreza abyecta, igualdad racial y persecución política, avances médicos y un grado de miseria comparable a las condiciones que existían en Cuba cuando ingresó a La Habana como comandante guerrillero victorioso en 1959”.

Muchos otros medios estuvieron menos preparados. Algunos la ignoraron en sus primeros momentos y después corrieron detrás del resto del mundo con la noticia. En esos segundos de suspenso, algunos no la registraron, quizá dominados por incredulidad o por falta de un comando que les ordenase divulgarla. Informes desde La Habana decían que el diario oficial del Partido Comunista Cubano Gramna había “colapsado”, lo mismo que Juventud Rebelde, el otro órgano oficial.

Eso significaba que las voces oficiales de Cuba no estuvieron accesibles para el público durante los momentos iniciales más críticos de la noticia, que en segundos cundía las redes sociales, los noticieros de la TV y los diarios corrían con detalles sobre lo que acababa de ocurrir.

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