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[Manfredo Kempff]

La Bolivia que no se entiende


Mientras Oscar Urenda y Roberto Torres, así como muchos otros heroicos médicos y enfermeras, caían tratando de salvar sufridas víctimas de la peste china, otros personajes, aunque parezca fantasioso, convocaban a la gente a salir a las calles para manifestarse contra el Gobierno. ¿A expresar su indignación por el tratamiento del covid? No. A reclamar porque las elecciones presidenciales se realicen el 6 de septiembre y no el 18 de octubre. A proclamar que el virus es un invento del Gobierno para quedarse en el poder, burlando al pueblo, a los desposeídos.

Esta es la Bolivia incomprensible, discrepante, que nos viene desorientando desde hace mucho, cuando se observa una franca división en la forma en que un sector de la población entiende la vida, tan opuesto al otro. Después del paso del MAS por el Gobierno, se requiere de paciencia y carácter para hacer entender a los “originarios”, que originarios somos todos, aunque de diversas regiones y culturas. Los hay castellanos, andaluces, como aymaras, quechuas, guaraníes, o descendientes de extranjeros no hispanos. Todo es un gran mestizaje; más morenos unos, más blancos otros. Como en España, a la que le echamos todos nuestros males, pero que son el producto de milenarias relaciones entre romanos, visigodos, moros, judíos y viejos cristianos.

Así está compuesto nuestro país y en buena hora. Pretender que los originarios prehispánicos son los dueños del territorio de la actual Bolivia no tiene el menor sentido. Llorar porque la Conquista y la Colonia hubieran sido nefastas porque los españoles se asentaron con su fe en el territorio es algo anacrónico y falso, carente de razón. No por Evo Morales se va a proceder a una revisión universal de la historia, como él, con sus sandeces, quiere que se haga en Bolivia.

Ahora estamos enfrentando una plaga que está produciendo grandes males a la nación y se requiere de cuidados para superarla. Todos están sufriendo de esta pandemia, desde los empresarios, pasando por los empleados públicos y los trabajadores urbanos y rurales. Por eso es que no se podían llevar a cabo unas elecciones generales dentro de cinco semanas, si la gente ha comenzado a morir en las calles o en sus camas por falta de hospitales. Realizarlas el 18 de octubre, como se ha establecido, ya es un tiempo muy escaso, que ni siquiera nos garantiza que no se produzca un ausentismo enorme que oscurezca los comicios.

Sin embargo, el MAS, obedeciendo a su jefe Evo Morales, entraba en la Asamblea los créditos destinados a luchar contra el covid. Paraliza las gestiones porque cree que le conviene a su candidato presidencial, señor Arce, que el país esté en las peores condiciones económicas y sanitarias, seguros de sacar provecho. Pero, además, llaman a movilizaciones masivas, como la ocurrida el martes en El Alto (las otras no se sintieron siquiera), donde la muchedumbre no solo lanzó consignas, sino que, como es su método de lucha, el masismo procedió a la agresión y la destrucción de bienes públicos.

Evo Morales ha felicitado a los marchistas desde Buenos Aires, aunque los dirigentes del MAS niegan cínicamente su participación y dicen que eso es cosa de la COB. Como si los bolivianos no supiéramos que Huarachi, el mandamás de la COB, es un sumiso sirviente a sueldo de Morales. El MAS y su jefe han anunciado desde hace tiempo que se debe derrocar a la “dictadura”, como si ellos hubieran sido un modelo de democracia. Si su intención es tumbar a la señora Añez, y de eso ya no va quedando mucha duda, quiere decir que la institucionalidad les vale nada y que su objetivo es el poder a como dé lugar. En esas circunstancias no queda más que responderles con toda la dureza que permite la ley.

Ante el panorama sombrío que se vislumbra con el anuncio de huelgas y más marchas, hay que volver a expresar nuevamente que las fuerzas políticas que pueden salvar a Bolivia de Evo Morales, no están haciendo nada, para, juntas, detenerlo. Por lo menos nada importante que sepamos los ciudadanos angustiados por las dos plagas a las que se debe destruir: el covid y el MAS.

 
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