[Turco Berdeja]

OPINIÓN

Te brindo un homenaje… a mi manera


El aniversario de la ciudad de La Paz lo vivo de una manera diferente, tal vez sea por el cariño especial que le tengo a esta hoyada que me abraza cálidamente hace ya 22 años.

La mayoría de los extranjeros tienen una idea muy general de la ciudad y sus características, para muchos de ellos La Paz es sólo una ciudad de tránsito a Machu Pichu, pasando también por Copacabana y las visitas obligadas a las Islas del Sol y la Luna en el lago Titikaka, es un denominador común también el escuchar, la mayor parte de las veces, que el momento de ingresar a La Paz, la postal de la ciudad desde El Alto a todos deja sin aliento y al rato nomás deciden invertir un par de días para conocerla. La magia de La Paz se encarga de convencerlos el recorrer estrechos espacios en sus calles por el casco céntrico con sus balcones coloniales y los muchos rincones históricos de una ciudad que cada vez descansa menos.

En la década del 90 cuando mi tía “Oso”; hermana de mi viejito y los increíbles y admirables “Aramayo-Berdeja” me reciben como familia en su casa, mi primo hermano Ernesto con su señora me llevaron a presentarme a la Virgen del lago en Copacabana, subimos al calvario, compré mi terreno con casa grande , auto y todo. Roberto, mi otro primo, me llevaba a la Universidad y a pasear por el centro mientras Unfo me sacaba a conocer su entorno. La Teca, mi prima casada, me brindó el cuarto de mi sobrino Horacio quien era chiquito y todavía podía dormir con ellos con la aprobación de Fico. Mi tío Nene sacaba siempre un pucho para convidarme… todos fueron muy pacientes conmigo. Supuestamente por esos años, estaba de paso, para conocer nomás, pero me convertí en uno de los miles de miles que sucumbieron ante los encantos de la sede de gobierno.

“Destino” es el pseudónimo que utiliza Dios cuando no quiere firmar con su nombre, el de arriba sabía que mi lugar estaba acá. En la ciudad caótica, de contrastes pronunciados, en la ciudad política, la de bloqueos y manifestaciones, en la de Bolívar y El Tigre; la de las subidas y estrechas veredas, donde el frío del altiplano se compensa con el calor de su gente, la ciudad que me dio una familia con esposa e hijos de ensueño, la que me sigue dando amigos para sentirme mucho más feliz de lo que merezco, la que me permite ser yo profesionalmente y defender lo que creo que corresponde, para dejarle a mis wawas el legado más importante, que es el respeto hacia todo y hacia todos por sobre todo, no importándome contra quién arremeta y contra quién discuta, polemice o inclusive pelee.

Esta ciudad me enseñó eso… a pelear por uno mismo, ella lo viene haciendo hace siglos y es un digno ejemplo, ella somos nosotros, se fortalece con nuestras visiones, se hace dura con nuestros dolores y es amorosa por nuestros cariños.

Me imaginé una y mil maneras de homenajearla, pero sigo pensando que la mejor manera de hacerlo es trabajando y poniendo el mejor empeño en lo que hago, para que “ella” sea cada vez más grande y mejor.

 
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