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Carácter del nuevo palacio


 

Esta monumental obra se inaugura este mes, siendo objeto de innumerables críticas, inclusive desde el exterior. La Casa Grande del Pueblo, como la denomina el Gobierno es un derroche que el país no puede concederse por su costo de 32 millones de dólares, existiendo una serie de necesidades insatisfechas, entre las que resalta por su inhumanidad la del cáncer, enfermedad huérfana de medios para combatirlo en el país.

Pero lo que quiere transmitir intencionalmente esta obra es establecer una notoria diferencia para disminuir lo más posible la trascendencia histórica del Palacio Quemado de la plaza Murillo y con ello crear la sensación o ilusión de que el llamado Estado Plurinacional de Bolivia supedita, minimiza o anula lo que “fue” la República de Bolivia. No en vano se ha anunciado que el Palacio Quemado se convertirá en un museo, una especie de trasto de un pasado que, sin embargo, es imborrable, como todo lo que la memoria sella y cristaliza.

Este edificio de 28 pisos es parte del simbolismo político, una de las principales finalidades del actual régimen destinado a exaltar figuradamente el inescrutable pasado precolombino. Así lo originario que el Gobierno trata de imprimir a sus actos, en este caso tropieza con la paradoja de tener que acogerse a un ostensible modernismo, expresión propia del capitalismo que paralelamente el Gobierno tanto critica.

Parecida es la intención del no menos costoso edificio en construcción del nuevo Palacio Legislativo, debiendo el actual quedar a su vez reducido a museo. Idéntica suerte de minimización sufre la Catedral Metropolitana de La Paz en la plaza Murillo, recinto religioso que el oficialismo considera reducto colonialista, aunque el Papa, máximo representante de la Iglesia, acoja en su sede con frecuencia al presidente Evo Morales.

El pretexto para la nueva edificación es que resultaría estrecho e incómodo el Palacio Quemado y que a ello obedecería la construcción del Palacio del Evo, como lo llama el pueblo. Esta justificación no convence, si se tiene en cuenta que la Casa de Nariño -modesto inmueble colonial- es suficiente casa presidencial en Bogotá; el Palacio Carondelet de Quito data del Siglo XVIII. Otros ejemplos son el Palacio de la ciudad de Guatemala, también colonial con ligeras reformas, y el del Zócalo de México es también legado antiguo, entre otros.

 
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