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[Ignacio Vera]

La espada en la palabra

¿Y ahora qué?


Ahora es momento de entrar de lleno, con los pantalones bien puestos y el sombrero bien calado, en la carrera electoral y la lucha de partidos. Y aunque hay todavía resabios de voces valerosas que, con un desasosiego increíblemente obstinado, siguen y seguirán vitoreando al espíritu moribundo del 21F, las cosas están dispuestas para tomar las riendas de la campaña política y despojarnos de la fantasía imposible de que el gobierno desista de sus intenciones reeleccionistas. Pero digo mal. No es un espíritu moribundo aquél, no obstante ese vítor sí es agonizante o por lo menos desahuciado y, por lo mismo, poco efectivo. Así ha funcionado siempre, a lo largo de estos trece años: la sordera intencional de los de arriba ha ganado invariablemente al grito ensordecedor de los de abajo, y finalmente, a regañadientes y a la fuerza, las huelgas, manifestaciones y vigilias han terminado como el eco triste de un perro callejero y mísero y las cosas han salido a favor de los que mandan.

A veces da la impresión de que ese ensayo tan raro política y sociológicamente hablando, que se llamó movimiento de las plataformas ciudadanas -unas muy abiertas y otras como logias cerradísimas para los de a pie-, abortó en un proyecto fallido. Y es que la verdad, al menos hasta donde sabemos, si bien fueron efectivas para amplificar una voz de reivindicación justa, no han podido articularse para formar cuerpos políticos sólidos de militancia explícita y eficiente. Pero aún tienen algunos meses más para redimir su existencia, pasar la prueba de fuego y probar a todas luces que los nuevos experimentos político-sociales pueden tener éxito y rendir fruto. El fruto, en este caso, sería la aportación al triunfo del candidato con el cual tienen una alianza firmada y remachada con creces en declaraciones públicas hechas por varios de sus representantes; o la aportación, cuando menos, al debilitamiento del poder oficialista en el hemiciclo.

Hay algo que se llama practicismo y otra cosa que se llama patriotismo. Muchos, ilusos y necios los más, piensan que aquél está reñido con éste porque el practicismo es como una musa que induce a actuar de una forma en que, aparentemente, no es propia de un patricio o un heraldo de los mártires de la patria. Pero no es así. Y dejar atrás la causa del 21F quizá no sea lo más vistoso en lo que al honor personal concierne, pero definitivamente sí es lo más práctico que podemos hacer todos los que anhelamos un cambio de raíz y rápido en la política.

Es momento, pues, de ponernos la camiseta de la política, en el estricto sentido de este término. Despojarse de la lógica de las plataformas es un imperativo para todo aquél que quiera ser efectivo en la arena de las pugnas materiales y espirituales. Ya que se han agotado las instancias tanto nacionales cuanto del extranjero, ya que se ha acudido a embajadores y al juicio de las comunidades internacionales, ya que se ha denunciado el atropello en los foros más prestigiosos de los países amigos de la democracia, y que se ha escuchado la voz apabullante del repudio a la calamidad boliviana, mientras el gobierno se tapaba los oídos, es momento de ganar la contienda y la ley en las urnas. Hay dos tareas que tenemos pendientes: hacer campaña en las calles, discurseando en los auditorios y conversando de tú a tú con la población, por un lado, y formar y reunir cuadros de hombres y mujeres pensantes, que propongan y critiquen las falencias de la vida pública actual, por otro. Alrededor de esos dos ejes se moverán los agentes verdaderamente eficaces.

Hasta tal punto han degenerado los asuntos de la política de hoy, que se ha hecho como un lazo indisoluble entre la intriga y el oficio de la administración de los asuntos públicos. Entonces, la tarea de la siguiente etapa de esta república, es decir, la tarea de todos, será reconstruir la política, para hacer de ella una virtud como la concibió Aristóteles hace mucho más de dos mil años. Por tanto, a la pregunta de ¿Y ahora qué?, se debería responder así: Ahora es la militancia.

El autor es licenciado en Ciencias Políticas.

 
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