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[Ignacio Vera]

La espada en la palabra

El más bello aro de compromiso


Este artículo está inspirado en otro artículo. Es más bien como un refuerzo de ese artículo. Y es que hace una semana, en las columnas de un periódico paceño, apareció una nota de opinión muy distinto de los que leemos todos los días en los diarios de nuestro país y el mundo, y es que lo que abordaba estaba lejos de los asuntos de la política gastada o la economía fracasada que amamos escribir y leer en las tribunas de los periódicos; más bien trataba sobre uno de esos menesteres de la vida que no por no ser abordados todos los días por nuestros escritores son menos importantes para nuestro correcto andar por esta vida: el oficio del periodista. Tal artículo era, desde el título, original, llamativo e inusual; se llamaba El amante total y completo.

Ser periodista es en verdad un asunto serio, como son el matrimonio y la concepción de hijos en la vida de los hombres. Es un compromiso sellado a fuego con el más bello aro de compromiso. La vida cambia cuando se lo asume. Para un filósofo, son las ideas abstractas las que cuentan; un científico tiene en su mente solo números y trata de abrir el cerrojo de la naturaleza con sus ecuaciones; los artistas van creando y recreando mundos imaginarios en sus cabezas; los políticos salen a discursear y se quiebran la cabeza tratando de resolver las contradicciones de su sociedad. Al periodista le debe interesar lo que hacen filósofo, artista, científico y político, y debe saber aunque sea un poco de lo que significan las cosas que van haciendo cada uno de ellos en sus respectivas áreas u oficios.

Ser periodista es entregar el alma a una causa humana. Salen ojeras, el pelo se cae o se vuelve cano, la parte blanca de los ojos se torna roja y las tazas de café se sirve por torrentes. Pero la obra terminada -ya sea un compendio de cinco noticias del día, o un reportaje, o una crónica, o un buen artículo de opinión- es hermosa, porque es la culminación de un trabajo o que va en pos de la información a un público desconocedor de un acontecimiento o que está hecho en aras de la reflexión pública acerca de un suceso importante.

Tres cosas indispensables debe haber en la cabeza, el tintero y el remate de la pluma de un buen periodista: 1) información veraz, 2) capacidad de sistematización de esa información y 3) destreza crítica o criticismo. Hay un cuarto elemento que se llama imaginación, y éste lo tienen solo los gigantes del oficio. Pero es esa la trilogía mágica de cualquier gran periodista, no importa de qué medio, no importa de qué especialidad o género.

De seguro un ministro o un embajador de Estado no estarán más atareados que un redactor, un reportero o un cronista a tiempo completo y que hagan bien las cosas. Ni que un escritor o ensayista (que, de alguna forma, también es periodista). Es una labor dura, pero que, a diferencia de las demás -como la de un médico, la de un psicólogo o la de un ingeniero, que deben dejarlos empachados después de un cierto tiempo-, no cansa; más al contrario, se va volviendo más adictiva y más apasionante. Por lo mismo, absorbe cada vez más.

Hay momentos en que el periodista necesita guardar distancia de su oficio porque debe ver a sus hijos o pasar tiempo con la familia, pero ni aun así dejará de ser periodista. Desde su cama o habitación, seguirá captando información y siendo crítico.

Larga vida a los periodistas de mi país y del mundo que llevan su trabajo con rigor y disciplina, con veracidad y pasión. Ser periodista es tener consciencia de un mundo de posibilidades infinitas, de un mundo objetivo que puede ser más fantástico que los mundos del realismo mágico, de un mundo que puede mejorar, pero también de un mundo que es maravilloso tal como es. Es ser un erudito y un crítico de la sociedad. Es ser portavoz de los caídos y también un escritor que imagina universos para guiar a las sociedades. Porque como pensaba el escritor galo Víctor Hugo respecto a la literatura, la palabra escrita -además de un goce y un placer supremos tanto para quien la escribe cuanto para quien la lee- debe ser una suerte de lumbre para la marcha de los pueblos y una especie de cimiento para el edificio de la civilización.

El autor es licenciado en Ciencias Políticas.

 
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