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[Augusto Vera]

Unas horas de visita en la cárcel del terror


El reloj daba las 10:30 a.m. de un domingo no muy lejano, cuando finalmente la fila me ubicó en el portón para, por motivos profesionales, ingresar a ese templo del terror. A la cabeza de la fila opuesta se hallaba una mujer joven. Entonces advirtiendo su angustia la abordé para mitigar sus lágrimas. Ingresé hasta el lugar que, reja de por medio, separa ese submundo del de la libertad. Me llenaron el antebrazo de sellos y firmas, con el mejor estilo de un documento solemne.

Casi simultáneamente, la mujer pasaba por el mismo ritual en el lado que correspondía a las féminas. ¡Ah la requisa! Claro, la requisa no pasó de una mirada desinteresada de un uniformado gruñón; ordenó que abriera mis brazos a los costados con las manos a la altura de los hombros. La aglomeración de reos del otro lado, provocaba un rumor que nada me permitió escuchar, pero vi a la mujer, con su maquillaje de pestañas que le entintaban los párpados inferiores, tratando de “tomar un taxi” que ubicara a su padre; pagó, hasta que en una quinta vez, uno más eficaz, trajo al desventurado hombre; los otros le birlaron de dos en dos bolivianos. Se abrió la reja y se fundieron en un abrazo; yo decidí buscar personalmente en ese patio atiborrado de gente, a quienes iba a visitar.

Toda mi vida he tenido un terror instintivo por aquella escuela del crimen. Esta vez, ya en el interior, desde unos metros, vi el cariño con el que la joven le entregaba una bolsa que contenía gaseosas, panes y otros alimentos que el tumulto de la gente, apenas me permitió ver.

Yo también llevaba una bolsa con algunas salteñas para mi gente. La revisión no contempla alguna comprobación de su contenido. La verdad es que ni la vieron. Después me enteré que a la joven tampoco le preguntaron ni qué llevaba. Venancio, (nombre ficticio) que estaba sufriendo las consecuencias del no pago de asistencia familiar; enterado de mi condición de abogado, sin perder tiempo, me relató que tuvo que pagar Bs. 3.000.oo por derecho de piso, introducidos, por si las moscas, en el interior de una marraqueta por instrucciones de quienes posteriormente se repartieron el botín; añadió que su morral lleno de comestibles con que entró al Penal de San Pedro, inmediatamente se lo arrebataron a cambio de conservarle intacto su rostro.

Los vendedores que a gritos casi obligan a comprarles sus baratijas impedían mantener la conversación fluida. Así que nos entramos a la Capilla y mientras él hablaba, yo aproveché para pedir datos, a los que pasaban, sobre quienes eran el motivo de mi visita; todos estiraban la mano antes de darme alguna pista; allí nada es gratis, pero casi siempre a uno le sablean, porque no es raro que el emisario desaparezca dinero en mano; pero el ambiente enrarecido o el involuntario tropiezo con algún energúmeno, obligan a recurrir a ello.

Jamás justificaría que los padres dejen sin alimento a sus hijos, pero escuchar su testimonio en ese depósito de seres humanos al que ese hombre ya viejo había llegado hace pocos días, me estremeció hasta la médula. Salimos caminando y de reojo vi en un callejón estrecho, grabados en bajo relieve, los genitales de ambos sexos. Y en voz queda, confesó a su buena hija que la noche anterior le habían robado su catre plegable y frazada con los que ella lo despidió el día de su ingreso.

Me atropellaron un par de niños jugando a policía y ladrón, ignorando que estaban viviendo allá donde no hay ley. Ese día vi varios ojos más que irritados entre los muy avezados y no era por resfrío. Y sé que no faltan las mujeres que en visita conyugal extienden su permanencia arriesgando no solo su honor, sino su vida. ¡Ah! Lo olvidaba, para pernoctar allá una dama, hay que pagar a los encargados del orden, y el silencio también tiene precio entre los reos. Finalmente, somos un país pobre casi en todo. ¿Qué pretendía yo ver?

El autor es jurista y escritor.

 
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