El TIPNIS desentierra el hacha de guerra



El erróneo y lamentable tratamiento político que ha venido aplicando el régimen gubernamental encabezado por Evo Morales al caso del Parque Isiboro-Sécure (TIPNIS), en vez de derivar en soluciones, por la ostensible incapacidad de los negociadores está degenerando en un abierto estado de guerra de relativa intensidad entre el Gobierno y los indígenas, conflicto que, más a la corta que a la larga, podrá tener graves repercusiones.

El uso de dudosas medidas legales, como una “disposición condicionada” para la realización de una “consulta” sin la debida licencia social, así como la práctica de una serie interminable de manipuleos y maniobras inconstitucionales, además de la aplicación de una política de prebendas, con “chauchita” de dinero, regalo de motores marinos, aparatos electrónicos, celulares y otros abalorios de mínima cuantía, han conducido a que la crisis del TIPNIS se embrolle mucho más. Por lo mencionado, el tratamiento resulta ser peor que la enfermedad y, por ende, el mal podría convertirse en una degeneración cancerosa que dé muerte al enfermo y al curandero.

En el caso del TIPNIS (similar al de Chiapas, en México), como en muchos otros parecidos, los negociadores del Gobierno (no del Estado, que es cosa distinta) desde un comienzo no supieron actuar con sentido político y sólo han dilatado y agudizado el problema hasta hacerlo degenerar en un casus belli entre los indígenas y el poder estatal. Efectivamente, los propietarios legales, con títulos de propiedad y derechos constitucionales del Parque Isiboro-Sécure, han anunciado que desenterrarán el hacha de guerra y recurrirán -según afirman-, entre otros, a sus armas tradicionales para defender sus posiciones físicas y legales. Tal anuncio amenazante presagia, causando alarma general, episodios lamentables y días de dolor y lágrimas.

Por esa incapacidad oficialista para encarar el asunto con sentido político, se observa, a lo largo de un año, un tira y afloja, vale decir una situación antagónica abierta que podría degradarse como prolongación lógica de la política y, por tanto, derivar en una lucha armada a nivel de guerra de baja intensidad, aunque con la diferencia de que los indígenas a lo más tendrían como armas algunas flechas y arcos, contra aparatos mortales como fusiles, ametralladoras, helicópteros y otros recursos modernos, manejados por oficiales y soldados experimentados y con instrucción.

De derivar el problema del TIPNIS hasta ese nivel, podría convertirse en un “foco infeccioso” que causaría permanentes dolores de cabeza al régimen del sexenio populista, lo cual sería poco, porque quien tendrá que padecer las consecuencias de esa enfermedad degenerativa es el pueblo boliviano en su conjunto. Además lo obligará a buscar una solución al problema por sus propios medios, ya que el país no puede seguir viviendo bajo un sistema de terror sin fin.

El caso del TIPNIS ha creado una situación de crisis permanente que, con una serie de episodios, dura más de un año, durante el cual se registraron dos épicas marchas a pie (cada una de más de 600 kilómetros, durante dos meses y en medio de las más difíciles condiciones físicas), se produjo la llamada masacre de Chaparina, la llegada de miles de marchistas a La Paz en dos oportunidades, para mostrar al desnudo trágicos cuadros de pobreza, así como revelar la política de oídos sordos de las autoridades.

Todo eso en conjunto ha sensibilizado al pueblo boliviano, que se ha puesto del lado de la víctimas, además de solidarizarse con la causa de la rebelión, hechos que han creado una situación de crisis insoportable. En todo caso, es de esperar que callen los tambores de guerra y se vuelva a fumar la pipa de la paz.

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