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[Remy Solares]

El poder envilece


Uno de los fundamentos de la democracia es la alternancia en el poder. En términos originarios se trata de la rotación de las personas en la Administración Pública.

Recordando los hechos del Porvenir, una ex senadora dijo: “Varios partícipes de la ‘masacre de Porvenir’ ahora están vestidos de azul”, color del partido en función del gobierno y disfrutando de bondades del poder político. Que se resiste a dejar democráticamente el gobierno, pese al creciente rechazo del pueblo, exceptuando sus bartolinas, fuerzas sociales bautizadas así por el gobierno, y muchos funcionarios públicos comprometidos con dineros del Estado.

¿Cuáles son los motivos para pretender permanecer manejando dispendiosamente los recursos del Estado? ¿Serán los juicios futuros que los atemorizan? ¿Qué se quiere ocultar? ¿Será temor a que públicamente se conozca cómo desmedidamente se ha dispuesto o se dispone de los bienes fiscales? ¿Cuánto tiempo más pretenden tener privilegios y usufructo?

Es sabido que viven de la política y disponen sin control de viajes constantes, inmotivados, con viáticos jugosos. Muchos de estos viajes son parte de constante turismo, incluso del propio Presidente. Suman viajes al interior, a provincias, con pomposa publicidad para entrega de “obras” con fines proselitistas y demagogia, ante pobladores del lugar debidamente organizados por autoridades provinciales, para luego culminar con fiestas.

En términos originarios, la verdadera democracia es la rotación de personas en la administración de los bienes públicos y las responsabilidades sociales. Para ser más claros, es una necesidad democrática cambiar gobernantes cada periodo de tiempo, a fin de evitar su envilecimiento y corrupción en el poder, tal como advirtió Eduardo Galeano. ¿Pruebas? Son los que aparentemente enraizados en el gobierno, después de haberse envilecido han empobrecido a sus pueblos.

Curiosamente, aquellos regímenes, incluido el cubano, tienen su fuente de poder en las “revoluciones”, en las fuerzas sociales, en los autodenominados progresistas, o que combatieron contra injusticias y dictaduras e irrumpieron en la historia con fines nobles, humanos, democráticos, pero terminaron instituyendo dinastías, grupos de privilegiados, herencias políticas que van de padre a hijo o de hermano a otro hermano.

Cuando un país llega a este estadio político, cae en una de las peores degradaciones de la democracia, que antes de ser un simple sistema de voto y un método de redistribución del poder y la riqueza es la organización justa de la vida.

Aquellos políticos tomaron el poder como un medio, pero al cumplir su mandato se creyeron imprescindibles, irremplazables y sufrieron el síndrome del faraonismo o cesarismo por culpa de lambiscones, quienes los convirtieron en megalómanos. Entonces, terminaron por creer que el poder es un fin. En ese nivel de envilecimiento, cualquier proceso, llámese revolucionario o de cambio, comienza su decadencia porque la gestión se convierte en una disputa a muerte por la preservación del poder. Dicho de otro modo, el cambio ya no es importante sino el poder; en ese momento el líder circunstancial deja de ser revolucionario y se convierte en conservador, porque su principal preocupación es mantener los privilegios. Ya no diferencia entre proceso y líder; menos entre instrumento político e historia, entonces se constituye en un peligro para el país, para el pueblo.

Veremos cómo termina el envilecimiento del actual gobierno en Bolivia.

Las democracias más estables y con mayores avances en términos sociales, políticos y económicos tienen como práctica la alternancia en el poder, admitiendo la reelección por única vez para oxigenar el sistema.

La historia demuestra que las sociedades donde hay rotación en la administración del poder, como Finlandia, Alemania, Estados Unidos, ahora Brasil, sus niveles de desarrollo humano son buenos o mejoran ostensiblemente. Las excepciones son China y otros países de Asia, que crecen vertiginosamente, pero tienen a sus habitantes con derechos recortados.

Incluso los países monárquicos, como España, Gran Bretaña, Dinamarca, Holanda y Suecia, han comprendido que la rotación en el mando es garantía de salud democrática; por esta razón han convertido a su rey o reina en un símbolo sin poder de decisión en las políticas públicas. Los seres vitalicios gobiernan en el cielo, los mortales en la tierra.

La presencia de un político en el poder por más de 10 años es el principio del desequilibrio; pasado ese tiempo se convierte en un enemigo de la población a la cual quiere o cree representar.

Las personas sabias y con visión de historia dejan el mando para garantizar la prosecución de los cambios; en otras palabras, prefieren morir políticamente para dar larga vida a un proceso. ¿Entenderán Morales y sus amigos que por encima de los egos personales están las revoluciones? La larga estancia en el poder corrompe el proceso y se convierte en causa de la contrarrevolución o de otro proceso más profundo, pero después de haber fundido las esperanzas de todo un país.

 
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