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[Rodrigo Burgoa]

El mar


El mar, fuente de inspiración para algunos, de sustento para otros; para todo un país, una causa irrenunciable. La causa marítima boliviana comenzó en el preciso momento en el que Chile consumó su enclaustramiento. Ni la suscripción del “Tratado de Paz y Amistad” entre Bolivia y Chile, -hace casi 116 años- ni el paso del tiempo terminaron con las reclamaciones para volver al mar. Existen distintos motivos por los cuales dichas reclamaciones no han cesado; entre ellos, se encuentran los derechos históricos y morales que las respaldan. Sin embargo, existe otra razón que suele ser menos analizada: la económica; el acceso soberano al mar no solo es un derecho, sino una necesidad. El enclaustramiento genera hasta el día de hoy grandes desventajas económicas para Bolivia.

En primer lugar, el flujo comercial del país es menor respecto a las naciones costeras. En un estudio realizado por mi persona y publicado en la Revista Latinoamericana de Desarrollo Económico, se encontró que, en el período 2006-2015, los países mediterráneos presentaron un flujo comercial 15% menor debido a su característica geográfica. El motivo de dicho porcentaje se encuentra en los mayores costos de transporte que los países mediterráneos deben enfrentar; lo cual lleva a precios más altos para el consumidor final. Como el lector podrá imaginar, si los precios de los bienes exportables son más altos respecto a la competencia, pierden competitividad; el resultado final es un menor número de exportaciones. En el caso específico boliviano se estimó que, en promedio, cada año el enclaustramiento causa una pérdida equivalente al 12% del PIB.

Un segundo perjuicio del enclaustramiento se encuentra en el comportamiento de la inversión extranjera directa. En otro estudio del cual soy coautor – los resultados se encuentran publicados como documento de trabajo en el Instituto de Investigaciones Socio Económicas – se analizó el impacto de la mediterraneidad sobre el flujo de inversión extranjera directa. En resumen, se halló que, en el período 2001-2012, los países sin litoral recibieron 60% menos inversión extranjera que los países costeros; aquello conlleva que menos empresas del exterior están dispuestas a invertir en los estados sin litoral. Considerando que la inversión extranjera puede llevar grandes beneficios a un país, como mayor empleo, mayor oferta de productos y mayor tecnología, claramente, los estados mediterráneos se enfrentan a otra desventaja. En el caso boliviano, su enclaustramiento ocasiona una pérdida promedio anual igual al 2,22% del PIB.

Si se suma solo esos dos perjuicios, las pérdidas debido al enclaustramiento forzado representan el 14,22% del PIB cada año. Por supuesto, el anterior porcentaje solo es un estimado, -se requiere de más estudios para cuantificar todos los daños económicos del enclaustramiento-, pero permite comprender la dimensión de las pérdidas económicas que la carencia de mar causa a Bolivia. Un aspecto no menor es que, a diferencia de otro tipo de perjuicios, las desventajas económicas no desaparecen con el tiempo, sino que se mantienen e incluso pueden incrementarse; ni el libre tránsito -del cual las autoridades chilenas aseguran su estricto cumplimiento- ni otros paliativos compensan en lo más mínimo el daño del enclaustramiento.

Por todo lo expuesto, es fácil comprender el motivo por el cual la causa marítima boliviana no ha cesado en más de un siglo y continuará en el futuro. Pese a los deseos del país vecino y de algunos analistas bolivianos, la cuestión marítima no culminó en La Haya. Detrás de la causa del mar se encuentran derechos históricos y morales, pero, ante todo, una necesidad vital para afianzar el desarrollo económico de todo un país. Más temprano que tarde, Bolivia volverá al mar.

El autor es economista y diplomático de carrera.

 
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