[Luis S. Crespo]

El Día Histórico - 20 de agosto de 1781

El nuevo sitiador de La Paz


Después de la destrucción de Sorata, Andrés Túpac Amaru, Inca, se vino a los alrededores de los altos de La Paz, y se hizo cargo de la dirección del sitio de la ciudad, sitio que hasta entonces había estado sostenido por el sacristán de Ayoayo, Julián Apaza o sea el inca Túpac Catari.

Viendo Túpac Amaru que los defensores de La Paz hacían valerosa resistencia, no dando esperanzas de que la ciudad fuese tomada por asalto, su astucia le sugirió la idea de dirigirse por medio de comunicaciones escritas a los habitantes de ella y al obispo Campos, instándoles a que abandonaran su actitud bélica y aceptasen las paces que se les proponía y se acogiesen al indulto que les ofrecía en nombre de su padre, el marqués don José Gabriel Túpac Amaru, que era el caudillo de la sublevación general del Alto y Bajo Perú.

He aquí algunos fragmentos de aquellas célebres comunicaciones.

LA CARTA A LOS VECINOS

En carta de 27 de agosto, Túpac Amaru decía a éstos:

“Estimados hijos y paisanos de mi aprecio.- No dudo que V.V. se hallan cerciorados de la comisión que el Rey Nuestro Señor don Carlos III tiene conferida a mi señor padre, el Marqués don José Gabriel Túpac Amaru, Inca, descendiente de los monarcas antepasados, que gobernaron estos reinos, quien se la comunicó a D. Tomás y D. Julián Túpac Catari, para quitar y extinguir el mal gobierno y dirección de los corregidores, alcabaleros, chapetones y Mita de Potosí, a cuyas actuaciones, por haberse opuesto los vecinos criollos del reino, dejándose engañar de sus mismos adversarios, se han visto castigados con sus familias; pero mi benignidad y conmiseración, semejante a la de mi señor padre, ha determinado perdonar la rebeldía, para que cesen las tragedias, bajo la precisa calidad de que se rindan las armas y se acojan a mis banderas; lo que efectuado, protesto a V.V. los criollos bajo la palabra real y de honor, que lograrán toda mi protección y benevolencia, que infatigablemente han de gozar, esto es, destruyendo o entregando las personas de corregidores, chapetones y aduaneros, pudiendo lograr esta proposición, y de no, saliéndose con las armas de fuego y blancas, que sean dables y presentándolas en mi presencia, en crédito de su rendimiento y resignación a mis órdenes; pues de lo contrario, debo anunciarles muy funestas consecuencias, como sucedió con los recogidos en el pueblo de Sorata, que con mal fundadas esperanzas en auxilios, que nunca les proporcionó Jesucristo, acabaron de arruinarse el día 5 del corriente mes ... Nuestro Señor Guarde a V.V. muchos años.- Cruz Pata y agosto 20 de 1781.- Andrés Túpac Amaru Inca”.

LA COMUNICACIÓN AL OBISPO

En la misma fecha, Túpac Amaru, envió al obispo de La Paz, don Gregorio Francisco de Campos, una extensa comunicación, en la que entre otras cosas le decía: “No dudo que V.S. y todos los vecinos de esta ciudad se hallan bien cerciorados de la real orden que S. M. el señor don Carlos III, expidió el año pasado de 1780, mandando extinguir los abusos, excesos y mal gobierno de los corregidores, las aduanas, que se cobraban excesivamente las usuras perjudiciales de los europeos y las perniciosas consecuencia resultantes de la mita de Potosí, en que se arruinaban los naturales sin otro adelantamiento del Real Patronato, con las utilidades de los azogueros; sucediendo lo mismo con los duplicados servicio y pensiones, que los pobres indios cargaban sobre sí, de suerte que con todo venía el reino reduciéndose sensiblemente a su total exterminio, cuyos daños notorios por quitar de raíz y poner remedio en lo necesario, libró el Rey una real cédula, cometida su ejecución a mi señor Padre el marqués de Alcañices don José Gabriel Túpac Amaru, Inca, descendiente de la sangre real y tronco principal de los monarcas que gobernaron estos reinos del Perú...

Y éste, en la ocasión, por su legítimo embarazo de hallarse destinado a tomar posesión del Virreinato de Lima y ejercer el ministerio, me ha transferido su comisión con las mismas facultades que le concedieron; y yo en ejercicio de ellas, por evitar los muchos daños que podrían subseguirse con la continuación de las actuales guerras he juzgado conveniente despachar esta embajada, proponiendo las paces que mi piedad, lástima y compasión a los españoles les apetece, para que puedan vivir con la quietud y sosiego de antes, sin discordias, ni controversias entre cristianos, sin destrucción de sus vidas, familias y haberes.

Y para que eso se reduzca al consuelo, alivio y desahogo de los naturales y criollos, que piadosamente procuro aliviarlos, para que queden en tranquilidad y sosiego, desde luego les ofrezco mi benignidad, como última muestra del fraternal con que los miro a efecto de que aprovechando mi generosa conmiseración, rindan sus armas todos los existentes en esta ciudad de La Paz... Pues de lo contrario, les anuncio las funestas tragedias y desdichas, que ofrece la miseria humana, y que todo lo ocasionará la pertinaz rebeldía, según puntualmente sucedió con los alzados de Sorata...”.

Pasaba luego el Inca a informar al obispo que más de tres mil persona que habían aceptado las paces y que ahora se hallaban gozando de la libertad de antes y concluía así: “Yo porque ese mismo deseo que lo participen todos los existentes en esa ciudad, provengo a V. S. Ilustrísima, se lo comunique, a efecto de que las ovejas de su grey reciban, por medio de su pastor, el consuelo que necesitan, a cuyo fin se ha de servir congregar ambos cabildos, con cuyos individuos y oíros vocales que convengan, se consultará la materia y se me comunicará sus resultados en respuesta, para que yo, en mi inteligencia, determine el modo de practicar en adelante lo que más convenga ya sea en la celebración de paces, ya en la prosecución de la guerra, pues tengo sobradas facultades para arruinar ciudades de más consideración que esa de La Paz, y sus auxiliantes, como sucedió con Ignacio Flores y sus compañeros, que se fueron derrotados a nunca más volver”.

EL DIARIO, 27 de agosto de 1928.

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