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Como homenaje a La Paz, le canto al icónico…

Illimani

Héctor Revuelta Santa Cruz

La tierra estaba preñada, fruto de un fantástico orgasmo sideral. Sus entrañas se agitaron con espasmos sin fin, fue un largo embarazo, entre el terciario y el cuaternario, de solamente nueve millones de años, que no es nada en su vida. En la piel de su vientre aparecieron estrías más parecidas a las rajaduras de un huevo de gallina, hechas por el pollito que rompe el cascaron en busca del aire vivificador. Emergió una punta, luego la segunda y la tercera. Todas salieron sanguinolentas de placenta de lava, con la esperanza de alcanzar el cielo.

La hija recién nacida, montaña arrogante y hermosa, lentamente se enfrió. Las primeras lluvias desaparecieron, como cuando un niño escupe sobre una plancha caliente. Las gotas de agua revolotearon un momento y retornaron al cielo en pequeñas nubes de vapor, intento que se repitió por decenas de años. También cayeron copos de nieve, que eran como paños de agua fría colocados sobre la frente de un niño, que febrilmente se debate entre la vida y la muerte. Aguacero y nieve corrieron la misma suerte, hasta que las persistentes gotas de lluvia, que parecían lágrimas, recorrieron sus rugosidades, pero no llegaron a sus pies. Los copos de nieve continuaron cayendo en un sinfín de éxitos y fracasos conformando sus glaciales perpetuos, que de cuando en cuando se precipitaron por sus faldas, creando arroyos frenéticos, que con bramidos llegaron hasta sus fecundos valles.

La dama apasionada, hembra con nombre de varón, cubierta de velo blanco se puso triste por su soledad. El sol la calentaba de día, la luna la enfriaba de noche. En los ocasos el ardiente sol, cuando la ausencia de nubes le permitían, coqueteaba cubriéndola con un variado ajuar de mantos, desde un pálido amarillo, hasta un profundo rojo parecido al de su nacimiento.

Un día apareció, en vuelo rasante, un pretendiente que apenas llegado grabó su garra en la nevada falda. Abriendo sus alas, como peregrino en oración, le declaró su amor eterno y ella le correspondió ante un iracundo y celoso sol, que con sus últimos rayos, derrotado y envidioso, coloreó a la novia de un refulgente púrpura, mostrándola con guirnalda de azahares, formada por diligentes y prolijas nubes, más atractiva que nunca.

 
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