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[Geraldine Zambrana]

Un sistema judicial a despatriarcalizar

I

Otro de los instrumentos del patriarcado es el sistema judicial. En 2017, según datos del organismo Alianza Libre de Violencia, sólo el 40 % de feminicidios y menos del 1% de violencia de género tuvieron sentencia. La Fiscalía General del Estado informó que se había cometido 147 “feminicidios” en Bolivia, entre enero de 2015 y junio de 2016, y que los fiscales habían obtenido condenas en, solamente, cuatro de esos casos. El 80% de los casos de violencia sexual contra mujeres en Bolivia “está en absoluta impunidad”. En marzo de 2013, el gobierno promulgó la ley 348 “para Garantizar una Vida Libre y sin Violencia Contra las Mujeres”. Esperemos haya sido un comienzo para un avance positivo. Por el momento, no demostró su efectividad.

La ONU alertó a las autoridades resaltando que cuatro de cada diez mujeres han sufrido violencia sexual en Bolivia. Para que esta ley muestre su efectividad, se debe mejorar, en toda evidencia, la parte técnica y procesal. Se necesita mayor inversión, ya que los gobiernos municipales invierten menos del 1,5%, más juzgados que estén presentes en todo el país, así como mayor personal especializado en violencia de género. El Órgano Judicial dispone de tan sólo siete juzgados especializados en violencia contra la mujer y, en las únicas ciudades de La Paz, Cochabamba, Santa Cruz y El Alto.

Sin embargo, no veremos ningún avance, sin antes acudir a un cambio de mentalidad. Con esto, hago referencia a la errónea percepción que hombres y mujeres tienen del cuerpo, la sexualidad y la individualidad de la mujer. La impunidad es producida por agentes judiciales contaminados por un sistema de juicio machista, en el que el hombre cree tener un derecho de propiedad sobre la mujer, sobre su cuerpo. Un derecho de placer sexual sustraíble en cuanto se lo necesitara. Por siglos, la mujer fue considerada, por la misma ley, propiedad del hombre. Y por esto también, que el objetivo principal de las mujeres era casarse para ser consideradas ciudadanas y así poder ser “amparadas” por la ley.

En 2017, un 48.8% de la población justificaba una agresión sexual por “el uso de ropa provocativa”, justificando al agresor y culpabilizando a la víctima de la violación. Frente a una violación, nos encontramos ante la absurda situación en la que la víctima debe probar su inocencia, mientras que los agentes justifican el delito por la ropa que usaba.

La segunda ola del feminismo, en los años 60, reivindicó la libertad sexual. Sin embargo, una vez más, este logro se vio manipulado por el patriarcado al poner esta libertad sexual al servicio de su satisfacción personal. Para ser aceptadas, las mujeres sienten la obligación de primero proveer placer sexual, y sin necesariamente pensar en el suyo. Esta “revolución sexual” sirvió para liberar la sexualidad femenina, pero no para reapropiarnos de nuestro cuerpo.

Bajo el disfraz de que se estuviese alcanzando alguna emancipación sexual, las mujeres se toparon con un mecanismo de evaluación según el placer que pudiesen ofrecer. Y esto fue rematado por la publicidad que, por décadas, exhibió -y todavía lo sigue haciendo- el cuerpo de la mujer y su sexualidad, como una mercancía de consumo, como una recompensa o un paliativo, por lo cual, ni siquiera se debería pagar, y a lo que todos tendrían que tener derecho a acceder, y más aún, en caso de frustración personal.

En algunos círculos se considera que esta revolución sexual de la mujer fue la culminación de su emancipación. ¿Pero qué tan subversiva puede ser tal revolución si, durante el proceso, ni se hablaba del clítoris o del placer femenino? Las mujeres fueron condicionadas a pensar que su sexualidad era lo más preciado y valorable que tenían, porque significaba la recompensa de los hombres. ¿Pero realmente el valor de la mujer se resume en la capacidad que tiene para satisfacer sexualmente a los hombres? Las mujeres se sintieron poderosas pensando que el poder consistía en seducir a los hombres que eran representados como la encarnación misma del poder, cuando en realidad, estaban siendo una vez más desdeñadas.

 
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